la asociación de todas y de todos los ex presos políticos de Uruguay

Joaquín Requena 1533 esquina Brandzen. Telefax: 2408 44 65. Montevideo. Uruguay. Dirección electrónica: crysol2003@yahoo.com.ar



Horario de atención en nuestra sede social: de lunes a viernes de 14.45 en adelante. Cuota social: $ 120.-




miércoles, 29 de febrero de 2012

Desarchivada

Reabrió ayer causa por secuestro, en 1978, de Universindo Rodríguez y Lilián Celiberti y sus hijos.

La diaria 29 2 12

Luego de que en 2011 el Poder Ejecutivo revocara los actos administrativos que incluyeron causas judiciales por violaciones a los derechos humanos bajo la Ley de Caducidad, Universindo Rodríguez y Lilián Celiberti pidieron la reapertura de la causa contra varios militares por el secuestro de ambos y los dos hijos de Celiberti en Porto Alegre, en 1978. Ayer, después de varios meses de búsqueda del expediente, la jueza Mariana Mota reabrió el caso.

Universindo Rodríguez, Lilián Celiberti y sus hijos de tres y ocho años de edad fueron secuestrados el 12 de noviembre de 1978 en Porto Alegre por militares uruguayos y brasileños. Los por entonces militantes del Partido por la Victoria del Pueblo (PVP) fueron torturados e interrogados por el capitán uruguayo Glauco Yannone, hoy retirado, y al día siguiente fueron trasladados a Uruguay.

En la frontera fueron entregados al capitán uruguayo Eduardo Ferro, también retirado actualmente, que los llevó a la Fortaleza de Santa Teresa, donde continuaron los interrogatorios. Según la denuncia, también están identificados como involucrados en el secuestro el mayor Carlos Russel y el capitán José Walter Bassani.

Ese mismo día Rodríguez fue trasladado a Montevideo junto con los niños, mientras que Celiberti fue llevada nuevamente a Porto Alegre por los militares, que esperaban encontrar otros militantes del PVP en una reunión que estaba prevista para la semana siguiente.

Celiberti pudo enviar un mensaje a sus compañeros y a la supuesta reunión concurrieron, en cambio, un periodista de la revista Veja y un fotógrafo de Placard que denunciaron el secuestro de la uruguaya.

Celiberti fue entonces trasladada a Uruguay y recién el 25 de noviembre, tras un comunicado del gobierno uruguayo que informaba que tanto ella como Rodríguez habían sido detenidos mientras querían ingresar a Uruguay, los militares entregaron a los niños a su abuelo, 12 días después de su secuestro. Rodríguez y Celiberti permanecieron presos hasta comienzos de 1984.

Nuevo intento

La primera denuncia por el caso fue hecha, sin éxito, en febrero de 1984, todavía en dictadura. Con la reapertura democrática Celiberti y Rodríguez presentaron una ampliación de la denuncia. El expediente circuló de oficina en oficina y se citó a algunos de los militares involucrados, pero ninguno concurrió a declarar. Nuevamente se insistió con la causa mediante un escrito judicial, pero sin haber tenido trámite, la denuncia fue archivada una vez aprobada la Ley de Caducidad, en 1986.

Luego de la resolución del Consejo de Ministros del 30 de junio de 2011, por la cual se revocaron todos los actos administrativos que hubieran incluido causas judiciales bajo la Ley de Caducidad, Celiberti y Rodríguez presentaron un escrito para reabrir la investigación. "A la jueza que le tocó el expediente le costó ubicarlo, pero finalmente lo logró", contó Celiberti a la diaria. Ayer fue la primera audiencia, a la que concurrió Celiberti para formalmente desarchivar la causa y retomar las actuaciones.

"Dije que estoy dispuesta a estar en un careo con estos militares, porque ellos mienten descaradamente sobre esto", manifestó Celiberti. En diciembre de 2007, el militar retirado Eduardo Ferro reconoció, en una entrevista en el programa Código país, en Canal 12, que había participado en el traslado desde Brasil. Se excusó por no dar más información ya que estaba sometido a secreto militar, y dijo que actuó cumpliendo órdenes de un superior al que no quiso identificar.
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martes, 28 de febrero de 2012

INDDHH: una herramienta para avanzar





En las próximas semanas el Parlamento habrá de elegir a quiénes integrarán el directorio de la Institución Nacional de DDHH creada en el año 2008 por la Ley 18 446. La misma tendrá, entre sus amplios cometidos, la labor de promover y defender los derechos humanos en el país.

La designación de los integrantes del directorio requiere mayorías especiales por parte de la Asamblea General. Por lo mismo, necesariamente habrá de llevarse a cabo una importante negociación entre los partidos políticos con representación parlamentaria para lograr los votos necesarios.

La libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento explícito de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana como reza la Declaración Universal de DDHH aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en el año 1948.

En un país en el cual la Cámara de Senadores no tiene, aún, una comisión de DDHH, donde la Dirección de DDHH del Ministerio de Educación y Cultura es una unidad administrativa sin mayor peso específico para enfocar su accionar, donde  miembros de los tribunales de Apelaciones del Poder Judicial desconocen totalmente fallos vinculantes de la Corte Interamericana de DDHH y el delito de tortura no ha sido incorporado al Código Penal, el establecimiento de un ámbito de esta naturaleza, con cometidos específicos es un debe importante de la democracia uruguaya para afirmar los valores y las prácticas de DDHH. Como lo indica la experiencia práctica, Uruguay es un país que aún no ha logrado superar cabalmente las heridas, dolores y secuelas del pasado terrorista por parte del Estado.

Conformar una dirección para la Institución Nacional de DDHH que sea una herramienta eficaz y eficiente para promover activamente las temáticas de derechos humanos de una manera integral, abordando todos los aspectos y esferas involucradas, incluso las referidas a un pasado reciente aún pendiente, es un enorme desafío para el sistema político, para todas las organizaciones promotoras y defensoras de los DDHH, el movimiento sindical, la sociedad civil y todo el país.

La Institución Nacional de DDHH debe ser una instancia activamente promotora de los DDHH y no un simple ámbito académico sin incidencia en la realidad del país o un mero espacio burocrático sin pena ni gloria de los tantos que sobreviven en el presupuesto nacional.

La designación de sus integrantes por parte del Parlamento será una clara señal política de compromiso real con los DDHH: la autoridad moral, su reconocimiento público, su identificación con la filosofía y los valores, su conocimiento de la temática, su capacidad de gestión y de actuación, su trayectoria de vida y su compromiso, su valoración positiva de las organizaciones sociales y de sus aportes, su involucramiento personal en la promoción y defensa de los mismos, especialmente en condiciones sociales adversas serán factores a tener en cuenta para lograr un resultado positivo.

Madres y Familiares de Detenidos Desaparecidos ha anunciado públicamente su postulación de la Dra. Mirtha Guianze para integrar la misma. Crysol la respalda por su compromiso inclaudicable con la causa de la justicia y la lucha contra la Ley de Caducidad. Varias organizaciones sociales han expresado  también su apoyo.  

La Dra. Mirtha Guianze reúne las condiciones profesionales y éticas necesarias para integrar la Institución Nacional de DDHH y cuenta con el amplísimo respaldo de la opinión pública. Solamente tendrá el rechazo, obviamente, de los actores sociales y políticos vinculados, por acción u omisión, con el legado negativo del pasado reciente. Su designación por parte del Parlamento será un claro termómetro del verdadero compromiso con los DDHH y de la voluntad de marchar como sociedad hacia un país de primera.
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Nº 008 - martes 28 de febrero de 2012

martes, 21 de febrero de 2012

La hora del perdón

El Estado uruguayo pedirá perdón por las violaciones a los DDHH el 21 de marzo


21.02.2012



MONTEVIDEO, 21 Feb (UYPRESS) – Los tres poderes del Estado, Ejecutivo, Legislativo y Judicial realizarán un acto público donde participará desde el Presidente de la República hasta la familia Gelman.

El acto se realizará en la Asamblea General y cuyos detalles aún no están totalmente definidos. El acto servirá para que el Estado uruguayo pida perdón por la violaciones a los derechos humanos cometidos durante la dictadura.

Se sabe que está el Presidente Mujica, el Presidente de la Asamblea General, Danilo Astori y el Poder Judicial a través de presidente de la Suprema Corte de Justicia, Daniel Gutiérrez estarán presentes.

El acto será publico por tanto podrá ser seguido desde la barras, así como se prevé que haya una manifestación masiva en los alrededores del parlamento.

Este acto es parte del cumplimiento a la sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos cuando en febrero de 2011 determinó que debía haber acto público de reconocimiento de los crímenes perpetrados durante la última dictadura.

Se recordará que este proceso ante la CIDH comenzó por el litigio de la familia Gelman. El gobierno uruguayo ya cumplió con la parte de resarcimiento económico y queda pendiente este evento que será histórico y cargado de un gran simbolismo.

Juan Gelman ha declarado en las últimas horas que este acto no debe ser solo para su familia sino que debe contemplar un perdón a todas las víctimas de la dictadura uruguaya.
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jueves, 9 de febrero de 2012

Orientar a Antígona

La Diaria - 9 2 12




Antígona oriental, con dramaturgia de Marianella Morena. Dirección de Volker Lösch. Con Anahit Aharonian, América García, Ana Demarco, Ana María Bereau, Cecilia Gil Blanchen, Carmen Maruri, Carmen Vernier, Graciela San Martín, Gloria Telechea, Irma Leites, Laura García-Arroyo, Lilián Hernández, Ethel Matilde Coirolo, Mirta Rebagliatte, Myriam Deus, Nelly Acosta, Nibia López, Tatiana Taroco, Violeta Mallet, Victoria Pereira, Sofía Espinosa, Sergio Mautone, Bruno Pereyra, Fernando Vannet y José Pedro Irisity. En Teatro Solís del 28 de enero al 5 de febrero 2012.

Anahit Aharonian, América García, Ana Demarco, Ana María Bereau, Cecilia Gil Blanchen, Carmen Maruri, Carmen Vernier, Graciela San Martín, Gloria Telechea, Irma Leites, Laura García-Arroyo, Lilián Hernández, Ethel Matilde Coirolo, Mirta Rebagliatte, Myriam Deus, Nelly Acosta, Nibia López, Tatiana Taroco y Violeta Mallet ocupan el fondo del escenario del Teatro Solís. Son ex presas políticas, hijas y exiliadas que relatan minuciosamente sus experiencias durante la dictadura, y luego de ella, avanzando progresivamente hacia el espectador como muro compacto.

El movimiento en el espacio se transforma, sorprendentemente, en movimiento temporal: la(s) historia(s) se acerca(n). Todas ellas forman el coro de Antígona oriental, con dramaturgia de Marianella Morena y dirección de Volker Lösch y nombrarlas aquí -paliativo de la contemplación de cuerpos y voces desde la platea- es capital, porque su presencia es transformadora no sólo de las maneras de pensar y contar la dictadura en nuestro país, sino también del hecho teatral en sí. “Estoy acá estoy/enfrente tuyo estoy/tu cara es mi cara/tu cara es mi cara” canta el coro hacia el final.

La irrupción de lo “real”, del sujeto de la historia, en escena fue la estrategia que utilizó Lola Arias en Mi vida después (presente el año pasado en nuestro festival internacional de teatro) para relatar las consecuencias de la dictadura argentina sobre los integrantes del elenco, nacidos entre los 70 y los 80, y como tal atacaba el estatuto tradicional del teatro, esa disociación entre el ser y el representar (entre el actor y el personaje) que con pocas excepciones ha determinado hasta hoy -y me refiero a nuestro país- las formas de lo escénico.

Proveniente de una larga tradición post dramática europea (estamos casi a medio siglo de los primeros juegos con lo real que Peter Brook puso en marcha con su espectáculo de protesta por Vietnam US (1966) y del escándalo que provocó la quema en escena de una mariposa) incorporar grupos sociales más o menos definidos por sus actividades o experiencias (ex convictos, ciudadanos de tal o cual ciudad, prostitutas) codo a codo con actores profesionales, haciéndolos dialogar con el presente, es parte de la concepción de lo teatral de Lösch (“Siento el alivio de las mujeres que pueden decirlo todo, públicamente, desde un escenario importante. En ese momento sé exactamente por qué hago teatro,” escribe el director en el programa de mano).

Trabajo coral

El testimonio, sin embargo, no es lineal ni quiere ser “natural”: la extensa escena inaugural (ensamblado de las entrevistas a las protagonistas, por Marianella Morena) oscila entre el relato individual, el micro-coral y el coral -el discurso individual se abre a una apropiación colectiva- organizando cada fragmento de texto por medio de una “y” rítmica (cuya procedencia no es identificable, o por lo menos no inmediatamente), conjunción elemental que muestra las costuras del discurso y evidencia, en la concreción escénica, las dificultades del encastre perfecto: las voces de las mujeres tensadas por los contenidos sangrantes se ponen, paralelamente, a la búsqueda formal de una perfecta quimérica coordinación vocal.

Entre el coro está Antígona (la actriz Victoria Pereira), se descubre por la primera entrada al texto sofocliano, mientras Ismena (la actriz Sofía Espinosa) se camufla entre el público desde el principio de la obra. El diálogo entre las hermanas (sobre la necesidad de enterrar el cadáver de Polinices o de olvidarlo y acatar las leyes de Creonte) se entabla desde lejos, cada una en su lugar y a los gritos.

Morena no hace sino equiparar la posición de Ismena a la del espectador (y éste a la de la sociedad responsable de los silencios), mientras que relaciona de manera directa la denuncia y la lucha política a la posición enérgica de Antígona (lectura que sí puede parecer -sentados en la platea del Solís- bastante evidente, es reivindicada recién en 2000 por Judith Butler en su Antigone’s Claim. Kinship between Life and Death, contra visiones como las de Hegel, Lacan o Irigaray que, sintetizando exageradamente, colocaban su acción en el campo de lo pre-político, otorgando al tirano el espacio de la ley).

Y si Ismena está sola aunque el público acompañe tácitamente su pasividad, la escena construye a Creonte como trío (interpretado por Sergio Mautone, Bruno Pereyra y Fernando Vannet, vestidos con trajes celestes: el color de la nación sustituyó dejando todo intacto, parece comentar el espectáculo, al verde militar), una suerte de Cerbero que se construye por momentos como opresor (de hoy y de ayer) y, en otros, se diluye en ese otro sector de la sociedad que ve el olvido como clave del progreso del país (“porque necesitamos un país convivible/ fue el pueblo/el que dijo dos veces/que no quería recordar/que no quería que nada se investigara/que nada se supiera”).

Y aunque es inequívoca la función escénica de este Creonte multiplicado, su construcción híper paródica es uno de los puntos menos sólidos del espectáculo: discurso y gestualidades son harto planas y tranquilizadoras (él/ellos son sólo el Otro) para el espectador juicioso que asiste a una función con las premisas de Antígona oriental.

El espectáculo utiliza dos estrategias retóricas contrapuestas: por un lado la acumulación de testimonios que, ayudados por la conjunción, se construye como infinita parataxis (coordinación de frases del mismo orden) que quiere ser descripción imparcial, repertorio y puesta en escena de lugares, fechas, nombres de represores (una de las escenas más logradas es la lectura, por el coro, de una lista larga de nombres de torturadoras y torturadores con sus profesiones actuales y paraderos) y, como final, la distribución de volantes con los nombres y las fotos de mujeres y hombres asesinados o desaparecidos. Lo real (el cuerpo, el nombre, la foto) puesto en escena.

Por otro lado, la propuesta exacerba los términos de la lucha de su protagonista, atravesado (y contaminado) por la reescritura de Antígona, haciendo uso de una estructura abiertamente hipotáctica (construcción argumentativa por excelencia) cuya toma de posiciones impone al lector o espectador, como dicen los manuales de retórica “obligación de ver algunas relaciones” al tiempo que “limita las interpretaciones que podría tomar en consideración” (algo de eso sucede en la identificación que se propone entre Creonte-torturador y los protagonistas de la política actual: el presidente, el anterior presidente, los primeros ministros y presidentes de otros países). Como respuesta inevitable frente a la cultura (de gestualidad) cool del olvido, cuyos discursos suenan pacificadores para muchos, la escena opta, a intermitencia, por la provocación violenta y simplificadoramente panfletaria (única estrategia que puede molestar todavía a alguien entre la audiencia ilustrada).

Armar las memorias

Antígona oriental se coloca como un proyecto decididamente de género, recorriendo en parte, los pasos que casi diez años se dieron en nuestra escena con Memorias para armar, de Horacio Buscaglia, estrenada en el teatro Circular.

La obra tomó como punto de partida los resultados de la convocatoria que el colectivo de mujeres Taller de Género y Memoria ex-Presas Políticas realizó en 2000 (con el que se publicaron tres volúmenes) y los reelaboró en escena con el objetivo de dar voz a “todas las mujeres” teniendo como norte la especificidad de la experiencia femenina.

“La apuesta por una perspectiva testimonial", escribió Gustavo Remedi a propósito del espectáculo, "uno de los puntos fuertes de la obra, también tiene su flanco débil. Sabemos que la obra se basa en testimonios de personas de carne y hueso y en documentos reales, sin embargo, a los problemas propios del relato testimonial, caso de su subjetivismo, se agrega aquí el hecho de que los testimonios son actuados -es decir, estamos más frente a un docu-drama que frente a un testimoniante-, disolviéndose el vínculo entre la palabra y el cuerpo presente del testigo sobre el que descansa parte de la legitimidad y credibilidad del testimonio judicial.

 Esto, naturalmente, hace al género de teatro testimonial, lo mismo que a la narrativa testimonial, y es inevitable. La actuación de los testimonios es el precio que es preciso pagar a fin de evitar convertir a las personas que dan su testimonio en un espectáculo de circo (como ocurre con los reality shows y otros programas televisivos sensacionalistas).” Me interesaba la cita porque el riesgo de convertir la presencia del testimonio en fenómeno de barracón de feria está siempre a la vuelta de la esquina y no es discusión demodé.

Pero Antígona oriental no roza siquiera el problema. El juego de movimientos rítmicos en escena, la elección de los colores vivos para los vestidos (por Paula Villalba, que desautomatiza la asociación del relato de dictadura a los colores opacos) y, en especial, la dosificación entre meticulosidad, impasibilidad y protesta de las protagonistas las legitima, desde el vamos, como sujetos activos del discurso.

Antígona Internacional

Y aunque no se suele hacer desde las páginas de la diaria, esta reseña habla de un espectáculo que luego de las pasadas ocho funciones en el Solís (28 de enero al 5 de febrero), no podrá ser visto -por lo menos hasta nuevo aviso- por los uruguayos. A menos que viajen: un encuentro feliz entre la vigencia de la temática elegida y las redes que el equipo de Antígona oriental tiene, empezando por el director alemán, supusieron -dice un comunicado de prensa- la programación inmediata, luego del estreno, de su asistencia a varios festivales: el 24 de marzo en el Teatro Real de Córdoba (Argentina) en el marco del ciclo Teatro y Memoria, en setiembre integrará la programación del Festival Internacional de Manizales (Colombia), “complementando la agenda con posibles funciones en Medellín y Bogotá y una presentación en el Teatro Sucre de Quito (Ecuador)” y en marzo de 2013 irá a la Feria de Donosti (San Sebastián, España) y a “algunas ciudades de Alemania”.

Entre la cobertura internacional instantánea que despertó Antígona, interesa señalar el cuidado que Harmut Krug, un crítico alemán que vino especialmente para ver la obra, puso en la crónica al público de su país: respondiendo a un periodista, admitió que el background biográfico de Lösch tuvo algo que ver -Lösch vivió en Uruguay durante la dictadura-, pero se interesó por insistir, en más de una ocasión, en que la iniciativa partió de Montevideo, de “su gente” coordinada con el Goethe-Institut, consciente de los peligros de una posible, ulterior, apropiación de la voz del otro, bajo la forma de “colonialismo” directorial.

Y aunque habiendo visto el espectáculo y lo que sucede allí, tanta cautela no parezca pertinente, el palimpsesto de silenciamiento y falsificación de la voz del otro a lo largo de la historia explica los cuidados del crítico alemán.

Georgina Torello

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martes, 7 de febrero de 2012

Antígona Oriental: la tortura tuvo cara de mujer



Con ocho funciones, a sala repleta y con el aplauso entusiasta de los miles de asistentes, se presentó en el Teatro Solís la obra dirigida por Volker Losch y asistencia de Luciana Lagisquet,  Antígona Oriental.

La violencia estatal desatada desde junio de 1968 para imponer una reestructura económica, social, cultural y política al servicio de sectores minoritarios ante la crisis que vivía el país, enfrentada por los trabajadores y los sectores populares,  en forma paulatina y escalonada condujo al terrorismo de Estado.

Tortura y prisión prolongada: metodología represiva.



A diferencia de lo ocurrido en otros países de la región, las detenciones masivas, la tortura sistemática y generalizada, la prisión prolongada en condiciones inhumanas y degradantes, fue la metodología deliberadamente seleccionada por las fuerzas armadas para eliminar a los opositores, apoderarse del gobierno y procurar mantenerse en el mismo.

En Uruguay hubo 179 detenidos desaparecidos y más de 200 personas asesinadas de diferentes maneras por los servicios represivos del Estado. Más de 7.000 personas fueron, desde julio de 1972, sometidas a tribunales militares sin garantías legales,  procesadas formalmente en base al código militar y recluidas en centros de detención similares a los campos de concentración nazis, diseñados para la destrucción física, psíquica y moral. El promedio de años de reclusión de los presos políticos en Uruguay, fue de 6 años y 8 meses, según Serpaj.

En la época dorada del terrorismo de Estado, Uruguay fue el país del mundo con la mayor cantidad de presos políticos en proporción a la población.

Los apremios físicos, morales y psicológicos, los tormentos de todo tipo que desde el poder se definían como “trato riguroso” a los detenidos, caratulados  genéricamente como “sediciosos”, se llevaron adelante, desde abril de 1972 en todos los cuarteles, bases y dependencias del ejército, la marina, la aviación y de la policía, sin distinción de sexo, edad, religión o compromiso militante a lo largo y ancho del país.

Al amparo de la Doctrina de la Seguridad Nacional, las Fuerzas Conjuntas, como se denominaba la coordinación represiva de los órganos del Estado, sistematizaron y uniformizaron la tortura como metodología de obtención de información, como castigo y también como arma de terror para amedrentar a la población.

Violencia de género.

Antígona Oriental, de manera irreverente, desprejuiciada y sin pelos en la lengua, escenifica el tratamiento de género del terrorismo de Estado y sus secuelas permanentes al amparo de la impunidad. Dramatiza en un espectáculo conmovedor, solamente superado por la cruda realidad que vivieron las propias protagonistas, la brutalidad padecida y que fuera denunciada penalmente por decenas de ex presas políticas en el mes de octubre del año pasado.

Los abusos sexuales ante personas indefensas, fundamentalmente a todas las detenidas, aunque no únicamente a ellas, fueron la expresión más notoria de la degradación de los cuerpos represivos del Estado y de la moral de combate de los autodenominados salvadores de las instituciones.

Las FFAA  se ensañaron con los detenidos y también con sus familiares directos, con los hijos y los adolescentes que quedaron marcados de por vida. Hasta el momento el Estado uruguayo ha reconocido como víctimas solamente a los niños que nacieron en cautiverio o que estuvieron más de 180 días en prisión con sus madres. Pero hay miles de niños y adolescentes de la época que recorrieron los penales, los cuarteles, las cárceles, los batallones, las dependencias policiales y que fueron hostigados, manoseados, humillados y crecieron siendo familiares estigmatizados de prisioneros políticos sin reconocimiento estatal.

Los abusos sexuales y la tortura: crímenes imprescriptibles.

La tortura es una práctica deleznable. Cuando se practica en forma masiva, sistemática y generalizada es un crimen de Lesa Humanidad. En Uruguay, a 27 años del retorno a la democracia, hasta el momento no hay ni un solo procesado por este delito que ofende a la conciencia de toda la sociedad.

Antígona Oriental expresa el dolor y el sufrimiento de las prisioneras políticas en Uruguay. Refleja el pesar, la angustia, la rebeldía y la frustración ante la denegación de justicia por parte del Estado uruguayo. Interpela a los actores de los crímenes, a los impulsores y defensores de la impunidad, a los que promovieron la Ley de Caducidad y la respaldaron durante décadas, a quienes le dieron rango de constitucionalidad, a los gobernantes, a los parlamentarios, a todo el sistema político. Convoca a la acción, a la militancia, al compromiso con la justicia desde los sentimientos y también desde la razón.



El Instituto Goethe, con su apoyo a la propuesta presentada por Marianella Morena, permitió la puesta en escena de Antígona Oriental junto con el Teatro Solís. Han hecho una contribución a la cultura uruguaya que los enaltece. Todo el elenco, actores profesionales, técnicos y asistentes, dieron lo mejor de sí mismos en una semana memorable. Las protagonistas, vencedoras de la vida, con su esfuerzo, su sacrificio, su trabajo de casi un año ratificaron la pasión y el compromiso intacto con la vida y los ideales, su protagonismo vigente sin sentirse víctimas en ningún momento, con dignidad y altivez.

Antígona Oriental amerita el esfuerzo necesario para ser presentada en todo el país.

A la luz de la sentencia de la Corte Interamericana de DDHH en el caso Gelman, sin caducidad como obstáculo legal, la justicia debe actuar con prisa dando a los denunciantes el tratamiento profesional que aún no ha dado. Los poderes del Estado deben asumir todas las obligaciones que impone la Resolución 60/147 de las Naciones Unidas y que Crysol reclama y por las cuales continuará su movilización junto a todo el colectivo.

Es el único camino para afirmar la democracia, las normas de DDHH, dignificar y resarcir plenamente a las víctimas y asegurar que los hechos del pasado Nunca Más vuelvan a ocurrir.
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Año 1 - Nº 007 - Martes 7 de febrero de 2012

viernes, 3 de febrero de 2012

Sobre Antígona oriental

Prototipo de teatro político


Busqueda. Vida Cultural. Jueves 2 2 12 (*)


Entre el sábado 28 de enero y el domingo 5 de febrero, un espectáculo teatral coproducido entre Alemania y Uruguay llama la atención en la reducida pero cada año más interesante cartelera estival montevideana. Antígona Oriental reúne este célebre mito griego relatado por Sófocles —que se ha transformado en el último cuarto de siglo en un símbolo del teatro político rioplatense, versionado mil y una veces en ambas márgenes del Plata— con el testimonio en escena de un grupo de ex presas políticas, algunas de sus hijas y otras exiliadas durante la última dictadura.

Una vez más, Marianella Morena mira hacia el pasado para rescatar la mirada femenina, que no se limita al encuadre feminista. A veces su excavación es bicentenaria, como en “Trinidad Guevara”, pero puede ser centenaria, como en “Los últimos Sánchez”, cincuentenaria, como en “Las Julietas”, o retroceder solo unas pocas décadas (“Resiliencia”). Pasado y mujer son, sin dudas, los ejes centrales de su valiosa obra, que ya supera los tres lustros.

En este caso, Morena no es dramaturga ni directora, dos roles que ejerce en modo indisoluble en todos sus espectáculos. En Antígona Oriental es la ideóloga del proyecto, la que lo propuso al Instituto Goethe de Montevideo, la que viajó a Alemania en busca de un realizador interesado en el teatro político y la que convenció al director Volker Lösch de que se hiciera cargo de la puesta.

Lösch, uno de los principales animadores del teatro contemporáneo alemán, se entusiasmó con el proyecto de adaptar los testimonios de las mujeres que sufrieron violencia militar y, para ello, propuso versionar “Antígona” combinando en escena la actuación de actores y actrices profesionales con un coro compuesto por las propias protagonistas de los hechos. Al unísono, ellas representan en vivo el testimonio de sus propias vivencias.

Este encuentro escénico entre actores y ciudadanos es la marca de fábrica de Lösch, quien se ha transformado en la última década, desde la dirección artística del Staatstheater de Stuttgart —una de las principales instituciones europeas de artes escénicas—, en un punto de referencia del teatro alemán actual, con presencia en toda Europa y coproducciones con otras compañías, como la Tanztheater Wuppertal de Pina Bausch.

Años atrás, Lösch dio un brusco volantazo a su carrera y comenzó a incorporar a sus montajes la presencia de personas comunes, “no actores”, que narran su experiencia en primera persona. Así, asesinos en recuperación diseminados entre el público cuentan por qué mataron, inmigrantes ilegales y habitantes de asentamientos irregulares cuentan un día de su vida, o un grupo de desempleados explica su situación al público que pagó su entrada.

Según contó Lösch a Búsqueda días atrás, el motor que mueve su obra es la búsqueda —y la recuperación— del diálogo entre el teatro y la realidad. Entiende que el teatro cae con frecuencia en círculos estéticos elitistas, demasiado autorreferenciales y peligrosamente adeptos a la autopleitesía, lo que provoca su inmediato alejamiento de la actitud crítica hacia la sociedad y hacia sí mismo, además de distanciarse rápidamente de la audiencia. Dice que pretende un verdadero “arte popular” en el que los ciudadanos puedan reconocerse. “Hacer entrar la vida al teatro”, insiste: ese es su lema.

En Antígona Oriental, Morena encaró el complejo oficio de la dramaturgia, tarea que ya es de uso corriente en el teatro europeo pero que aquí aún está en pañales, y que es divulgada con entusiasmo por adelantados teatrales con un pie en Uruguay y otro en la escena europea, como Laura Pouso, quien integra este equipo de producción.

El dramaturgista se encarga, a grosso modo, de la adaptación del texto original a las necesidades locales de la puesta. En este caso, la investigación histórica de Mariangela Giaimo y un enorme volumen de material escrito por las 19 mujeres convocadas a contar su historia fueron los insumos para la versión final, que combina la palabra de Sófocles, Lösch, Morena y las mujeres uruguayas, luego de un arduo proceso de selección y edición.  

Entre las integrantes del coro se encuentra Irma Leites, polémica dirigente política y social, que desde la Plenaria Memoria y Justicia se ha enfrentado en varias ocasiones al espectro político institucional uruguayo. 

En los diversos parlamentos corales se narran durísimos episodios de violación de derechos humanos vividos por las mujeres durante la reclusión: abusos físicos, sexuales y psicológicos a ellas mismas, a sus hijos y a sus familias en el exterior. No hay intención alguna de ocultar el carácter explícitamente discursivo de este espectáculo. Se denuncia con nombre y apellido la impunidad de muchos militares y civiles acusados de asesinatos, torturas y de colaborar con esas prácticas. También se recrimina duramente al presidente Mujica y al ex mandatario Tabaré Vázquez su política de derechos humanos, y se reprocha al Frente Amplio “haberse alejado” de sus históricos principios ideológicos y humanos de izquierda.  

Así, la tragedia clásica se fusiona con el teatro testimonial, una de las más fuertes corrientes del teatro posdramático europeo, que tiene su epicentro en Alemania al influjo de realizadores como Heiner Müller y la propia Bausch, matriarca de la danza-teatro, obsesionados en resignificar el sentido de las artes escénicas, en alejarlas de su dimensión museística y en permitirles volver a ser un reflejo cabal del tiempo presente y no solo de un pasado distante y añorado. Entonces, ya no todo pasa por “contar una historia”, sino que una situación puntual o un planteo discursivo pueden ser el centro de gravedad conceptual de un espectáculo escénico en diálogo permanente con otras disciplinas como la danza, la música, la poesía o el arte circense.  

Este proyecto, tan ambicioso como inusual para el teatro uruguayo, comenzó en 2009 con la gestión inicial de Morena. Continuó en 2010 con su viaje a Alemania y con la incorporación de Lösch. En enero de 2011, se realizó el casting entre las decenas de aspirantes. Los elegidos se unieron al elenco de actores para el primer ciclo de ensayos, en octubre de 2011, ya bajo la dirección de Lösch. 

Según el director, el espectáculo está planteado como la narración de una parte poco conocida de la historia reciente uruguaya, despojada de la mirada historiográfica o periodística y centrada en el relato artístico. Si bien se trata una temática en la cual debió sumergirse para obtener información, existen aquí lazos con su historia familiar, marcada por haber vivido en Uruguay unos años cuando era niño, y por la negación de sus ancestros de cualquier referencia al pasado alemán. “Mis abuelos no hablaban del nazismo ni de la persecución a los judíos. Hasta que la juventud europea no aguantó más la presión de ese silencio y todo explotó en el ‘68. Como artista, no tengo por qué ser objetivo. Hablo y compongo espectáculos desde mi subjetividad”, resume el alemán. 

Su búsqueda coincide en el Solís con la de Morena: arrojar luz sobre un costado poco iluminado, el de la mujer como doble víctima de violencia, física y psicológica, política e ideológica, pero también relacionada con su género.

Antígona Oriental es una producción del Instituto Goethe de Uruguay, y cuenta con la participación de la Dirección Nacional de Derechos Humanos del Ministerio de Educación y Cultura, y con la colaboración del Departamento de Cultura de la Intendencia de Montevideo, la Unesco, la Fundación Mario Benedetti y la organización Crysol, que nuclea a ex presas políticas, y el PIT-CNT.  

El grupo de mujeres que interpretan sus propias historias vitales está compuesto por Anahit Aharonian, América García, Ana Demarco, Ana María Bereau, Cecilia Gil Blanchen, Carmen Maruri, Carmen Vernier, Graciela San Martín, Gloria Telechea, Irma Leites, Laura García-Arroyo, Lilian Hernández, Ethel Matilde Coirolo, Mirta Rebagliatte, Myriam Deus, Nelly Acosta, Nibia López, Tatiana Taroco y Violeta Mallet. 

El elenco de actores, integrado mayoritariamente por recientes egresados de la EMAD y otras escuelas de teatro, tiene a Sergio Mautone como reserva de experiencia. Lo acompañan Sofía Espinosa, José Pedro Irisity, Victoria Pereira, Bruno Pereyra y Fernando Vannet, todos con tres o cuatro años de experiencia profesional en el teatro independiente montevideano.  

En el equipo de diseñadores están la vestuarista Paula Villalba, el lluminador Martín Blanchet, el músico Rafael Antognazza, la dramaturga Luciana Lagisquet, la coreógrafa Carolina Besuievsky, la cantante Silvia Uturbey y la realizadora María Trabal.
Las primeras cuatro funciones fueron entre el sábado 28 y el martes 31 de enero.

Esta semana se cierra el ciclo inicial en Montevideo, entre hoy jueves 2 y el sábado 4 a las 21:30, y el domingo 5 a las 20 horas. La obra dura una hora y media, y las entradas para verla cuestan $ 150.

Javier Alfonso
(*) Foto de archivo

miércoles, 1 de febrero de 2012

Disculpas oficiales y públicas a todas las víctimas




El 24 de febrero de 2011, la  Corte Interamericana de DDHH de la OEA, máximo órgano jurisdiccional en la materia por decisión adoptada soberanamente por el Parlamento uruguayo en 1985, condenó al Estado de nuestro país por violentar el derecho a la Verdad y a la Justicia de Juan y Macarena Gelman, suegro e hija de María Claudia García, secuestrada en la Argentina en agosto de 1976, trasladada clandestinamente a Uruguay por los servicios represivos y desaparecida hasta el día de hoy.

La sentencia de la Corte IDH impuso al Estado uruguayo una serie de obligaciones inexorables. Entre ellas, la de realizar una ceremonia pública y oficial en la cual se asuma la responsabilidad estatal por lo ocurrido y se ofrezca una disculpa a los demandantes. El contenido de la misma debe ser acordado, además, con ellos. Voceros gubernamentales han anunciado recientemente que la ceremonia se llevará a cabo en el mes de marzo.

Cuando en julio de 2007 Crysol presentó su proyecto de Ley de Reparación Integral a las víctimas del terrorismo de Estado, implementando la Resolución 60/147 de la Organización de las Naciones Unidas, incluía un punto específico al respecto además de otras acciones destinadas a homenajear, resarcir y dignificar a quienes sufrieron graves violaciones a los DDHH durante dicho período.

Las FFAA no quieren.

Esgrimiendo múltiples y esquivos argumentos, la iniciativa fue rechazada enfáticamente por el gobierno y los parlamentarios del partido de gobierno, con una única intención: eludir esta obligación que generaba y genera profundo rechazo en las fuerzas armadas contaminadas por la Doctrina de la Seguridad Nacional para no tensionar el relacionamiento con ellas.

Tanto el anterior como el actual gobierno han dado pasos positivos en la temática referida al pasado reciente que han sido, en la mayoría de los casos, cuestionados por los sectores sociales, económicos y políticos asociados a la impunidad. Han tenido el respaldo y el apoyo de una amplia mayoría ciudadana que lo ha expresado de múltiples maneras, incluso electoralmente.

Lo cortés no quita lo valiente. Lo positivo del accionar gubernamental dista mucho de lo deseable, de lo posible y de lo necesario para que Uruguay afirme plenamente la institucionalidad democrática, las normas de DDHH y democratice de una vez por todas a las fuerzas armadas liberándolas de quienes tienen, aún, profundos lazos ideológicos, afectivos y emocionales con el terrorismo estatal.

A 27 años del retorno a la vida democrática, ya es hora de que los poderes que conforman el Estado uruguayo, todos sus órganos e instituciones, asuman firme y enérgicamente, discursiva y conductualmente, las obligaciones que imponen las disposiciones constitucionales y las normas de DDHH en materia de Verdad, Justicia, Memoria y Reparación para crear las condiciones que impidan que los hechos del pasado reciente vuelvan a ocurrir. Las máximas jerarquías tienen en dicho proceso la principal responsabilidad de liderar y conducir el mismo y deben actuar consistentemente.

Contribuyendo a la construcción de un Uruguay democrático, Crysol continuará reclamando por todos los medios que el Estado asuma su responsabilidad pública y oficial por las graves violaciones a los DDHH a todas las víctimas y al conjunto de la sociedad, tal como lo establece la Resolución 60/147 de la ONU en una ceremonia formal con la presencia de representantes de los poderes republicanos.

Por mandato de la Corte IDH, Uruguay debe cumplir, a la mayor brevedad, con la sentencia Gelman. Sigue pendiente asumir su responsabilidad con el conjunto de las víctimas, acordando con las organizaciones sociales que las representan, y a toda la sociedad. También debe establecer un día oficial de Homenaje y Recordación a las mismas tal como lo planteó en su momento Crysol entre otras materias que siguen sin resolverse y que nuestra organización ha puesto oportunamente en conocimiento de las autoridades.
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Año 1 - Nº 006 - 31 1 12